Sobre la vida, sobre la muerte

Un hombre que cruzaba un campo se encontró de repente con un tigre. Salió corriendo y tras él, el tigre. Al llegar a un precipicio se agarró a la raíz de una vid silvestre y quedó colgando del borde. El tigre, des de arriba, olisqueaba y gruñía. El hombre, tembloroso, bajó la vista y vio que más abajo, al pie del precipicio, otro tigre aguardaba para devorarle. Solo la vid le sostenía.

Fue entonces cuando dos ratones, uno blanco y otro negro, se pusieron a roer poco a poco la raíz donde el hombre se sostenía. Este vio una suculenta fresa cerca de él. Aferrándose a la vid con una mano, arrancó la fresa con la otra: ¡Qué sabor tan dulce tenía!

 

Parábola contada por BUDA


 

Soledad, compañía; femenino, masculino; salud, enfermedad; amor, odio; ser, no ser; podría seguir en un sinfín de yin yang y siempre estaríamos con el mismo concepto: dualidad. Las dos caras de una misma moneda. Parece que la vida (y la sociedad, sobre todo) nos arrastra a uno u otro lado. Nos evoca a la elección entre buscar o dejar que venga. Una balanza que tiene que decantarse hacia un lado inexorablemente. Des del Zen lo vivimos con un enfoque distinto. Nuestra filosofía, o estilo de vida, es el vivir sin esperar ni salir a buscar. Será o no será y a la vez será y no será. Nos balanceamos por un camino intermedio, conscientes del dualismo de los fenómenos y trabajando el desapego que al final es una de las bases más arraigadas del sufrimiento. El río nace y el río muere. Con un cauce más ancho o menos ancho, con un curso más corto o más largo, pero siempre con un principio y un fin. Y lo que transcurre a lo largo de su lecho es la vida misma. Un corriente que avanza por donde puede, y si no puede, se acumula para seguir avanzando. Y cuando muere, vuelve al ciclo y al renacer.

 

 

En el libro de El Zen del Té (30 enseñanzas de los maestros del té) de Nicolás Chauvat encontré un párrafo que me dio que pensar: “[…] Un Buda no está preso de las apariencias porque sabe que la materia solo constituye una ínfima expresión de la realidad. Ha comprendido que el mundo visible no es más que la suma de las interpretaciones subjetivas de algunas señales que nuestro cuerpo es capaz de captar. Liberado todo prejuicio y cultivado su mundo interior, el buda puede entonces percibir lo pesado flotando sobre lo ligero, la luz en medio de las tinieblas, lo femenino en lo masculino y el ser en el no-ser”. Tras esta introducción me gustaría adentrarme en el más profundo de los opuestos (¿o no?): La vida y la muerte.

 

 

Creo que cuando se transciende el concepto de la impermanencia de los fenómenos, entendiendo que la vida en sí lo es, no puede desligarse la muerte de la vida tal como nos han enseñado a vivirlo en algunas sociedades como la nuestra. Y más si entendemos que la vida es un tránsito biológico y la muerte su inevitable final material. Me hizo gracia escuchar en una serie de Netflix, “Marco Polo”, muy a mi pesar cancelada, en cuya segunda temporada la emperatriz, esposa de Kublai Khan que seguía la vía del budismo Chan, le pide a un joven monje su parecer sobre la vida, y esta al no aceptarla le increpa al monje: “tú que sabrás que eres tan joven”. Él, inmutable, le responde: “no contamos la sabiduría por años, sino por vidas”. Me gustó mucho escuchar tal verdad en una serie histórica basada en tiempos épicos de batallas, espadas y tramas políticas.

 

 

El propio Buda, tal como lo narra Stephen Batchelor (1953-) en su libro Budismo sin creencias, no despertó de su ilusoria vida de comodidad en el palacio real de su padre hasta que se topó con un enfermo, un viejo, un cadáver y un monje errante. “Nosotros también nos confinamos en los palacios de lo familiar y lo seguro. También sentimos que hay algo más en la vida que entregarnos a los deseos y apartarnos de nuestros miedos. Experimentamos angustia cuando nos salimos de nuestras rutinas habituales y nos vemos rondando entre el nacimiento y la muerte”.

 

Cuando vivimos la muerte en nuestras propias vidas de forma más cercana, alguien a quien amamos mucho muere, sentimos esa insufrible frustración de saber que nada pudimos haber hecho para mantenerla a nuestro lado. Ese sufrimiento es, tal vez, de los peores que podemos sentir. Una frustración por la pérdida de alguien a quien creíamos (en lo más profundo) que siempre estaría allí. Para abrazarnos, protegernos, imprecarnos, avisarnos, etc. Y todo ese deseo se desmorona por algo que no nos ayudaron a entender y afrontar: la muerte. Algo que es inherente a la vida, algo que por más diferentes que seamos, todas compartimos. Es la única verdad. Y parece que la nuestra nunca llegará, pero siempre llega. El río nace y el río muere. Pero volvamos a la raíz del sufrimiento que más se magnifica en nuestra vida, la pérdida del allegado.

 

 

En el libro Silencio de Thich Nhat Hanh (1926-), uno de mis maestros en la lectura, nos regala la siguiente reflexión: “[…] Debes ser capaz de sonreírle al sufrimiento con serenidad del mismo modo que le sonríes al barro, porque sabes que solo cuando dispones de barro (y le sabes dar un buen uso) crecerán flores de loto en él”.

 

 

Muchos y muchas pasan la vida buscando la felicidad suprema, algo que nos han inculcado que debemos buscar y que solo encontraremos alcanzando distintas metas en la vida. Y llega un momento que dichas metas no aportan esa felicidad y van acrecentándose y acumulándose las frustraciones. Nos apegamos a un modelo de búsqueda de la felicidad que nos ilumine, que nos realice, que nos invada de bondad y nos dé sentido a esta vida, y entonces, cuando menos lo esperamos, todo se tuerce con la pérdida (la muerte de algo o alguien), y sin desapego (que nada tiene que ver con falta de deseo, ausencia de amor o alejarse de las emociones) no podremos trabajar bien la pérdida y el “dejar ir”. Y cuando se rompe el velo del apego, se vive sin el sustento de la búsqueda de “esa felicidad suprema” y se liga de nuevo la muerte con la vida, esta última cobra su más tierno y dulce sentido. ¡Qué sabor tan dulce tenía!

 

Hay un poema muy ilustrador sobre la actitud del camino del zen y la búsqueda de la paz interior, que forma parte del recopilatorio El Canto del inmediato Satori de Yoka Daishi (665-713). Canta con las siguientes palabras:

 

 

Andar es también Zen,

 

sentarse es también Zen.

 

Hablar o permanecer en silencio,

 

moverse o quedarse inmóvil,

 

el cuerpo está siempre en paz.

 

Incluso frente a una espada,

 

el espíritu está tranquilo.

 

Incluso ante el veneno,

 

el espíritu permanece imperturbable.

 

Es importante afrontar el paso del tiempo, la enfermedad, la muerte y los contratiempos con perspectiva, saber que lo que nos ocurre les ocurre a todas y cada una de las personas que compartimos el basto mundo, y tal unión no puede conllevar desesperación, sino harmonía y paz, puesto que compartimos lo que más preciamos: la vida. Es por eso que des del zen todo lo que hacemos, lo hacemos des de la paz interior, una paz que al encontrarnos de cara con la muerte hace que sonriamos, la abracemos y la aceptemos como lo que es, parte inevitable de la vida.

 

Este poema citado, del maestro Yoka Daishi, es comentado por Taisen Deshimaru Roshi (1914-1984), y extraigo una parte fundamental para este tema: “[…] Si vamos más allá de la vida y la muerte, podemos encontrar el verdadero espíritu apacible y todos los actos se vuelen Zen. […] Abandonar el ego, morir o sacrificarse no es difícil para algunas personas. Nuestra historia está llena de héroes o heroínas. […] Pero frente a la espada que amenaza nuestras vidas, no debéis dejaros influir ni por las circunstancias exteriores objetivas ni por vuestro estado de ánimo subjetivo. En el momento crucial de la muerte, el ser humano recibe evidentemente un fuerte impacto, pero su espíritu debe recuperar rápidamente la condición normal de la consciencia.”

 

Pienso que lo que nos perturba de la muerte es precisamente la falta de conocimiento que tenemos de ella. Es un interrogante inevitable. Una duda sin respuesta abierta a múltiples elucubraciones. Una duda que serenamos con la fe, ya sea resurrección, reencarnación o vida eterna en un paraíso. Sea como sea, seguirá siendo una duda. Y es una duda que pesa sobre la sensación pesada de la pérdida, el dolor, la soledad, el abandono… el miedo. El miedo más terrible de todo: a lo desconocido. Pregúntate: ¿Por qué tememos a la muerte? No todas las sociedades y culturas temen a la muerte, y precisamente porque la viven con libertad, paz y naturaleza, se sirven de su consciencia para no separarla de la vida. Creo que en las sociedades occidentales nos iría muy bien romper los moldes del tabú a la muerte. Llorar y a la vez abrazar.

 

No quiero extenderme más, aunque el tema da para mucho y mucho más, pero no puedo cerrar sin referirme a Roshi Philip Kapleau (1912-2004) y su libro El zen de la vida y la muerte. Un libro que me ha ayudado en cultivar esta consciencia y paz frente a la vida y la muerte en los momentos difíciles de mi vida. Me gusta especialmente la referencia a cómo afrontar la vida para conseguir una muerte digna:

 

“[…] no ha existido ninguna cultura o civilización en la historia que no haya dedicado sus más elevados elogios a aquellos hombres y mujeres que han afrontado la muerte sin inmutarse, con coraje y dignidad. […] Igual de inspiradoras son las vidas de innumerables hombres y mujeres corrientes que afrontaron serenamente la muerte. El último tributo que le debemos a la vida es una muerte digna.

 

                Una muerte digna o buena no es recriminar o luchar contra la inminente muerte, sino, ante todo, morir sin tristeza, arrepentimiento, aprensión, amargura o terror. Significa morir con libertad y naturalidad, como si uno se rindiera al sueño, sin aferrarse o agarrarse a la vida, […] ceder a una misteriosa fuerza interior que se apodera de nosotros cuando cesa la lucha.”

 

Cuando se comprende que la muerte es inevitable, es la única verdad y a la vez la gran desconocida, el placer de la vida es mucho más intenso, en cada instante se puede saborear el placer dulce de la felicidad de nuestra existencia. En cada instante de nuestro eterno presente. La fuerza y la liberación están en nosotras y en nosotros. Solo hay que abrazar la vida y la muerte por igual. Alcanzar la fresa y disfrutarla.

 

Si te interesa la filosofía zen, te recomendamos que te acerques a un dojo para iniciarte en esta práctica: Nosotros conocemos y recomendamos venir al Dojo Zen Kannon de Barcelona www.zenkannon.org

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Montserrat Puig (lunes, 07 junio 2021 10:50)

    La teva reflexió sobre la vida i la mort porta a un tema que la societat occidental amaga sota les catifes, com d'altres emocions que no lliguen amb un món Happy flower. Donaria x una conversa en petit grup amb un té a les mans.
    Moltes gràcies

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