Vaciarse y escuchar el silencio

Nan-in, un maestro japonés que vivió en la era Meiji (1868-1912), recibió a un profesor universitario que acudió a preguntarle sobre las enseñanzas del Zen.

 

Nan-in le sirvió, como siempre con las visitas, una taza de té. Vertió el líquido poco a poco bajo la atenta mirada del profesor. La taza se llenó, pero el monje siguió vertiendo.

 

El profesor contempló el té que se derramaba hasta que ya no pudo contenerse y dijo:
- Maestro, la taza está completamente llena. ¡No cabe una gota más!
- Al igual que esta taza - respondió Nan-in sin posar la mirada en el profesor -, usted está lleno de sus propias opiniones, ideas y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle lo que es el Zen a menos que primero vacíe su taza?


 

Shunryu Suzuki (1904-1971), empieza su libro Mente Zen, mente de principiante con una de las verdades más reveladoras para todo aquel o aquella que inicie la senda del Zen. Una enseñanza que traspasa fronteras para llegar a la esencia propia del budismo zen. Roshi Suzuki dijo: “en la mente del principiante hay muchas posibilidades; pero en la del experto hay pocas.”

 

He aquí mi introducción para el Koan que he expuesto. Y he aquí mi reflexión para aquel o aquella que decida adentrarse y venir a vivir la experiencia de la ceremonia de té en Siente.

 

Vivimos en una sociedad colmada de conceptos. Una sociedad que a medida que ha aprendido, a toda enseñanza le ha añadido el apelativo de ciencia. Ciencias políticas, ciencias medioambientales, ciencias, ciencias, ciencias… Hay una constante necesidad de maquillar el saber con sustantivos que apelen a un posible academicismo. Un academicismo que nos permite y nos da la excusa perfecta para decir: “Estoy estudiando…”, “He cursado…”, “Me he matriculado…”. Una necesidad de acumulación de conocimiento. Que daño le hemos hecho a ese dicho popular de “el saber no ocupa lugar”. ¿Somos esclavos de nuestro afán de acumular títulos? ¿Estamos predestinados a perseguir siempre el puesto número uno en saber más? ¿Saldremos algún día a escuchar por el simple hecho de vivir? ¿Aquietaremos el ruido de nuestra mente para, no llenarla, sino sencillamente silenciarla?

 

Creo que el simple hecho de aprender y sobre todo, conocer y vivir, ya es suficiente. Estamos rodeados de cursos, diplomaturas, talleres, etc. Nos empachamos de tanto dato y perdemos, muchas veces, la esencia y el origen de la motivación que nos lleva a realizar un aprendizaje. Empezamos las cosas pensando en el final, y es triste iniciar algo focalizando nuestra mente en lo que vamos a sacar de ello. Y en el transcurso de dicho tiempo, pensando en el fin, nos olvidamos del camino. Y eso solo lo remediamos parando en seco nuestra forma de vivir ruidosamente. Parar y escuchar.

 

Thich Nhat Hanh (1926-), monje budista vietnamita, en su libro Silencio, nos regala una buena reflexión: “El silencio interior es esencial para poder oír la llamada de la belleza y responder a ella. Si en nuestro interior no hay silencio -si nuestra mente, nuestro cuerpo, están llenos de ruido- no oiremos la llamada de la belleza”.

 

En la ceremonia de té siempre hago una pequeña introducción, muy a mi pesar, pero necesaria, dónde sencillamente expongo el mínimo decoro necesario para poder realizar con harmonía dicha experiencia, y mayormente hago hincapié en, precisamente, respetar el silencio. No hablo del silencio absoluto, puesto que en medio del páramo más recóndito del planeta, seguramente, no hay silencio absoluto. Pero diría incluso que tampoco hay “ruido”. En la ceremonia hago referencia al silencio que se produce en la mente que vive el momento presente. La mente que no se pregunta por qué hago tal gesto, a qué temperatura está el agua o qué té estoy sirviendo. Venir a la ceremonia de té es venir a desnudarse y despojarse de todo aquello que nos aquieta la mente. Escuchar ese silencio que se produce cuando, pase lo que pase a nuestro alrededor, nos centramos en nuestra respiración y por ello nos centramos en el aquí y el ahora, sin juicios ni preguntas sobre lo que está aconteciendo. Y eso solo sucederá si nuestra actitud es la de vaciarnos para llenarnos. Y cuando uno se vacía, el silencio viene por sí solo. 

 

Los que practicamos el budismo zen, tenemos una sola vía que seguir. Un camino sencillo, el Zazen. Zen sentado. La meditación sentada. Es así de simple. El zazen se basa en mantener cuerpo y mente conectados en el silencio. Una estrecha conexión gracias a la respiración, una respiración que nos permite estar presentes y acallar la mente para sencillamente permanecer sentados. En el tratado Zazen de Katsuki Sekida (1893-1987), nos define esta práctica de la siguiente forma: “En este estado se encuentra detenida la actividad de la conciencia y dejamos de percibir el tiempo, el espacio y la causalidad. […] En aquella situación extrema en la que ya lo hemos negado todo, sin haber dejado nada por negar, llegamos a un estado en que reina el silencio y la calma absolutos”.

 

Pues este mismo estado es posible alcanzarlo en nuestra vida cotidiana, puesto que des del mindfulness que practicamos, todo lo que hacemos en nuestro día a día lo hacemos con conciencia plena. Mi maestro Lluís Nansen Salas (1965), y maestro del Dojo Zen Kannon de Barcelona, en su libro Mindfulness Zen, La consciencia del ahora, nos profundiza en este concepto con las siguientes palabras: “[…] la atención plena la podemos practicar también en cualquier actividad y, sin duda alguna, también puede haber concentración y visión caudal en cualquier actividad. Podemos, entonces, hablar de meditación en cualquier actividad. […] cuando hablamos de meditación nos referimos a un tiempo dedicado exclusivamente a la introspección”.  Entonces, actividades como la ceremonia de té pueden ser un buen trampolín o punto de partida para una mejor conexión con la vida y con el “simplemente ser”. La ceremonia nos permite vivir a través de la observación pura sin juicios el hecho de hacer un té. Siguiendo con una plena consciencia de la respiración los movimientos del maestro de ceremonia. El ruido del agua al calentarse, del sonido del licor vertiéndose en el bol, del calor que se transmite del cuenco a las manos, del sabor y el aroma que inundan nuestros sentidos, y sobre todo de la paciencia cultivada a través de la espera necesaria para que el té esté preparado.

 

Pero una de las cosas más primordiales que relaciono con la ceremonia del té y el zazen es que siempre será más efectiva en compañía. El zazen, como práctica, pide un hábito diario, pero máxime pide hacerlo en compañía, en el dojo. No tiene por qué ser cada día, ya que nuestras vidas difícilmente lo permiten. Pero la diferencia entre el samadhi adquirido en el dojo, con compañeros que practican en el mismo lugar y tiempo el zazen, es mucho más profundo que el que conseguiremos en nuestro zazen diario (esencialmente igual de necesario). Y de la misma forma que el zazen en compañía toma más presencia en nuestro despertar, la ceremonia en compañía siempre será más reveladora. No por compartir la experiencia, que no es más que un simple recuerdo conjunto, si no por las sinergias y relaciones que se establecen en el colectivo.

 

Para terminar, querría hacer una aclaración a que todo aquel y aquella que se anime a vivir la experiencia de la ceremonia de té venga sin miedo ni sentimiento de inferioridad autoimpuesto respecto al conocimiento del mundo del zen, ya que no pedimos nociones iniciales al respecto. Es una actividad libre de dogmatismo y solo queremos compartirla. El simple hecho de respirar ya es suficiente para vivirla. Y pueden venir en grupo o solas o solos y compartirla con gente por conocer.

 

Si te interesa la filosofia zen, te recomendamos que te acerques a un dojo para iniciarte en este mundo: Nosotros conocemos y te recomendamos venir al Dojo Zen Kannon  www.zenkannon.org.

 

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